Propuestas y Soluciones
Jorge Laurel González
An ounce of prevention is worth a pound of cure (Una onza de prevención, vale lo mismo que una libra de curación).
Benjamin Franklin (Político e inventor estadounidense 1706 – 1790).
Hay frases que, sin proponérselo, retratan mejor a una ciudad que mil campañas publicitarias. Acapulco, por ejemplo, lleva décadas vendiéndose —con razón— como destino de abrazo fácil: sol que no pregunta credenciales, mar que no discrimina, hospitalidad que todavía sobrevive a la burocracia, a la tormenta y al olvido. Pero también hay otra frase que se nos está pegando como chicle en suela caliente: ’Acapulco te recibe con las coladeras abiertas’. Y con los baches abiertos. Y con el riesgo abierto. Y con la paciencia del ciudadano —esa sí— cada vez más cerrada.No exagero. A cualquiera que maneje por ciertas avenidas principales —y por demasiadas secundarias— le basta una semana de rutina para entender que aquí no se conduce: se esquiva. Se practica una especie de rally urbano donde el premio no es llegar temprano, sino llegar completo. Y en medio de esa ’deportiva’ necesidad de sobrevivencia vial, ocurren historias que son pequeñas tragedias domésticas, de esas que no salen en las estadísticas nacionales, pero que te arruinan el día, la quincena y, a veces, la salud.Hace poco me contaron una que me dejó un nudo en el estómago por lo sencilla y lo injusta: una amiga de mi madre, pasó sobre una coladera abierta —una de esas bocas negras que parecen estar esperando su víctima— y su llanta se destrozó. No fue un ’ay, qué mala suerte’.
Fue un daño real: se le reventó la rueda, tuvo que orillarse, bajar, abrir cajuela, sacar gato, aflojar tuercas, cambiarla ella misma… porque es una mujer valiente y determinada y luego, por supuesto, comprar otra llanta. Tiempo perdido, dinero perdido, tranquilidad perdida. Y la pregunta inevitable: ¿es eso justo?Porque aquí el punto no es solo el golpe a la economía familiar; es el mensaje. Un mensaje que se manda con cada bache sin atender y cada coladera sin tapa: ’Arréglatelas como puedas’. Y lo peor es que ese mensaje lo reciben todos: el trabajador que va al hospital, la madre que lleva a su hijo a la escuela, el taxista que se gana el pan en el asfalto, el motociclista que se juega la vida en cada irregularidad, el turista que llega por primera vez y descubre —en la primera sacudida— que el paraíso también tiene cráteres.Como hotelero y restaurantero, lo digo sin romanticismos: la calle también es parte del servicio. El primer contacto del visitante con Acapulco no es la vista al mar desde la habitación, ni el ceviche bien servido, ni la sonrisa del mesero: es el camino. La avenida. El acceso. El trayecto del aeropuerto al hotel, del hotel al restaurante, del restaurante al mirador. Si ese trayecto es una colección de baches, coladeras abiertas y maniobras bruscas, lo que se siembra es desconfianza.
Y la desconfianza —en turismo— es veneno lento: no siempre se nota en el día uno, pero te cobra en la recomendación que no ocurre, en el regreso que se cancela, en la reseña que dice: ’Está hermoso, pero…’.Y no, no es un asunto menor, ni ’cosas de la lluvia’, ni ’así es México’, ni ’aguántese, compa’. Es literalmente una tragedia urbana y no, no es leyenda, ni lo será. Al menos, no para bien.
En una ciudad que vive de recibir gente, la infraestructura básica es parte del contrato moral: si invitas a alguien a tu casa, no lo haces para que se tropiece con un clavo en la entrada o para que pise un hueco en la sala. Lo mínimo es tener la casa limpia, ordenada y segura. Y una ciudad, al final, es eso: una casa grande, compartida, donde vivimos —y donde cobramos entrada simbólica— a quienes llegan a visitarnos.Por eso, celebro —de verdad— que se haya anunciado un programa federal intensivo de conservación, repavimentación y bacheo en carreteras y tramos prioritarios, con una inversión relevante para 2026. Que exista voluntad pública para atender el deterioro es una buena noticia. Pero en este país ya aprendimos algo a fuerza de golpes: anunciar no es lo mismo que resolver. Y ejecutar no es lo mismo que ejecutar bien.
La eficiencia no se presume: se nota. Se nota cuando el bache no reaparece a las dos semanas como si fuera criatura mitológica. Se nota cuando la tapa de la coladera no ’desaparece’ y alguien responde por ello. Se nota cuando el trabajo se hace con materiales adecuados, con supervisión real, con calendario público, con prioridades claras y con un sistema de reporte ciudadano que no sea un laberinto telefónico de ’marque 1, marque 2, espere 40 minutos’. Se nota cuando el dinero se convierte en calle transitable y no en parche cosmético para la foto.Y aquí viene una verdad incómoda: las coladeras abiertas no son ’descuido’, son peligro. Son trampas para llantas, para suspensiones, para motociclistas, para peatones —sobre todo de noche o con lluvia—. Son invitaciones al accidente. Y, además, son símbolo perfecto de algo peor: del abandono cotidiano. Porque el ciudadano puede tolerar muchas cosas, pero lo que ya no tolera es que lo obliguen a normalizar el riesgo.
No estoy pidiendo avenidas de primer mundo por capricho estético. Estoy pidiendo lo que cualquier ciudad turística seria necesita para sostener su dignidad: mantenimiento constante. Prevención. Orden. Seguridad. Lo básico. Porque el bache no se forma en un minuto: crece. Y la coladera no se abre sola: alguien la dejó así, alguien no la repuso, alguien no la vigiló. La solución, por tanto, no puede ser solo ’ir a tapar cuando ya se hizo viral’. Debe ser una política permanente, con metas medibles, con responsables identificables y con sanciones cuando corresponda.Y también lo digo: esto no es solo tarea del gobierno. Es tarea de todos en el sentido más práctico: reportar, exigir, documentar, participar en comités vecinales, apoyar iniciativas serias y, sobre todo, no resignarnos. Porque cuando una ciudad se resigna al bache, se resigna a la mediocridad. Y Acapulco no merece eso: ni su gente, ni su historia, ni su futuro.Acapulco tiene derecho a recibir con los brazos abiertos, sí. Pero esos brazos deben sostener algo: una calle transitable, una coladera segura, una avenida que no sea ruleta rusa. Lo contrario no es ’folklor urbano’; es negligencia. Y la negligencia, tarde o temprano, termina cobrando en vidas, en lesiones, en demandas, en turismo que se va, en negocios que se apagan. ¿No creen? Recordemos que solamente Juntos, Logramos Generar: Propuestas y Soluciones.