Ser, sentir y aprender
Alejandra Salazar
Recuerdo que cuando estudiaba la Primaria, la Secundaria e incluso laPreparatoria,
el mes de febrero era un martirio. Cada año, la escuela se tornaba roja y rosa, los
pasillos y salones se adornaban con corazones, y el amor romántico se inhalaba en el aire. Para mí no todo era lindo, para mí era triste ver que nadie venía con una flor,
con chocolates, o con detalles hacia mí.
O al menos eso pensaba, mis amigas siempre me dieron amor, me escribieron
cartas, o simplemente me acompañaron.
Hoy, puedo cuestionar realmente todo lo
que sentía, puedo analizar, que mi sentimiento de vacío se derivaba de la
comparación que me hacía con otras chicas; mi tristeza se relacionaba con todo ese marketing que durante todo el mes pude –y puedo- observar. Las tiendas se llenan de color rojo y rosa –como las escuelas- y los precios se elevan. Como si realmente, demostrar cariño tuviera que tener un precio, como si el amor romántico sólo se basara en lo material.
En algún momento, todas y todos hemos sentido ansiedad por no saber si el regalo le gustará, si lo tomará a mal, o si simplemente es lo suficiente bueno para esa persona.
San Valentín se ha convertido en una prueba social anual donde muchas personas sienten que deben cumplir expectativas. Las redes sociales amplifican este fenómeno: cenas perfectas, viajes sorpresa, ramos gigantes, joyas brillantes. El
amor deja de ser íntimo y se vuelve espectáculo.
Ya no basta con amar; hay que demostrar que se ama ’lo suficiente’. Y lo suficiente
suele medirse en gastos, experiencias fotografiables y gestos visibles. El marketing
aprovecha esta ansiedad social con precisión quirúrgica: crea la sensación de
urgencia y la convierte en necesidad de consumo.
Así, el miedo a fallar reemplaza a la espontaneidad del afecto. El 14 de febrero
funciona como una mini Navidad emocional. Restaurantes duplican reservas, las
flores suben de precio, las joyerías lanzan promociones especiales y las marcas
compiten por asociar sus productos con la idea de romance.
Las campañas publicitarias repiten el mismo mensaje cada año hasta que se vuelve
culturalmente incuestionable: el amor necesita un ritual de compra para ser
validado. Y cuando una idea se normaliza lo suficiente, deja de percibirse
como estrategia comercial.
Se vuelve tradición.
En este escenario, el amor cotidiano queda invisibilizado. No aparece en anuncios
ni en promociones. No tiene fecha fija ni presupuesto asignado. El amor cotidiano
ocurre en gestos simples: escuchar, acompañar, cuidar, compartir silencios. No
genera ventas masivas ni titulares de marketing. Por eso rara vez protagoniza
campañas. Y sin embargo, es el que sostiene las relaciones reales.
Cuestionar el marketing del 14 de febrero no implica rechazar la celebración ni los
regalos. Implica recuperar la libertad de decidir cómo expresar el afecto sin la
presión del consumo obligatorio. Quizá el problema no es el día, sino la idea de que
el amor necesita una fecha específica para volverse visible. El desafío es simple y
complejo a la vez: separar el sentimiento de la estrategia comercial que lo rodea.
Recordar que el afecto no necesita temporadas altas ni campañas publicitarias para existir.
Porque cuando el amor depende del calendario, corre el riesgo de convertirse
en evento.
Y cuando depende del mercado, corre el riesgo de convertirse en producto…