El interminable viaje

Aquí, pensando en voz alta

Ana María Ponce

Aquí, pensando en voz alta

Biografías

Junio 16, 2020 12:08 hrs.
Biografías Estados › México Ciudad de México
Ana María Ponce › codice21.com.mx

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Salí del puerto un viernes 20 de marzo, iba a la aventura, sí, pero esperando regresar en cualquier momento. Tomé todo lo necesario; subí a la barca latas, agua suficiente, pan de caja, salchichas, jamón, chorizo, huevos, revisé que tuviera el combustible necesario.

No faltaron las galletas y las nueces. Creí tenerlo todo, aunque tú no te quisiste subir, sólo dijiste voy en otro barco, cuídate, al regreso nos encontraremos.

Zarpé ese día, llevaba muchas ilusiones en el pecho, pero la cabeza me estallaba por la emoción de lo desconocido. Al menos en un siglo no se tenían noticias de un viaje así, aunque muchos lo estaban comparando con el de 2009 por la influenza.

Pero no, a leguas se veía que se trataba de un viaje sin igual. Uno que va a durar mucho tiempo, sobre todo porque tienes que tocar muchos puertos y estar atenta a las olas, a las tormentas que se forman del aire; a las gotas, microscópicas gotas que salen disparadas cuando los grandes titanes que han sucumbido al diminuto COVID-19 estornudan y expulsan con fuerza de sus pulmones.

Hoy me he enterado de que ya he pasado más de 80 días en la barca, pero que no he recorrido ni siquiera la mitad del tiempo que debo permanecer en alta mar. Ya los víveres empiezan a escasear en la alacena; sin embargo, puedo regresar al Puerto y comprar más.

Es un viaje sin sentido, en donde puedo atisbar el puerto, pero me es impedido pasear por él, no puedo atracar en ningún lado, debo seguir en mi barca, a veces escucho las réplicas de conversaciones triviales, oigo las noticias, siempre con el mismo tema, ¡ya nadie habla de otra cosa!

Hoy es 15 de junio de 2020 ¡bien pudiera ser 28 de diciembre! Todo parece una gran tomadura de pelo. Es que nos largamos para salvar el pellejo. Y nos fuimos, nos separamos, dejamos la escuela y los trabajos.

Sólo los osados y los necesarios andan por la calle, imagino que con el corazón a punto de estallar y las manos crispadas. Caminando con media respiración y usando cubrebocas y lentes; y esperando que el terrible COVID-19 no los encuentre y los invada.

¡Qué sensación tan extraña! en la barca todo es calma; sin embargo, como una se ha acostumbrado a la vida mundana y bulliciosa, echa de menos las risas, las pláticas, los abrazos, los besos, los apretones de mano, las cálidas miradas. Ya no hay nada, sólo la inmensa mar y yo. Las dos solas, las dos tristes, las dos inmutables, las dos cercanas y al mismo tiempo distantes.

A veces te imagino aquí, platico contigo, te ofrezco un café, entablamos largas charlas sobre la ciencia, sobre el origen de las cosas, y siempre acaba igual. Tú tienes la razón, yo no, soy mujer, una niña que no se ha desarrollado mentalmente. No acabo de comprender el orden de las cosas.

Ya no hablo más. Callo, me pongo a leer, tal vez algo se me ha pasado, algo que desde mi sexo no alcanzo a comprender.

Profundizo las teorías, pero entonces ¿será mi pensamiento? ¿mi punto de vista femenino lo que echa a perder todo?

Como no nos ponemos de acuerdo te invito a que te vayas, te borro de mi barca y sigo sola, me encuentro entonces que me ha llegado a visitar una amiga de mi juventud.

Ella me abraza, me dice que no pasará mucho tiempo en que ya ande por las calles, que no piense en ti. Que así son todos, que te bajan para ellos sobresalir, aunque las mujeres seamos más inteligentes.

Cuando salgas, me dice, vas a seguir siendo tú, mírate. Tan bella, ¿Cuántas mujeres hubieran querido tener la oportunidad de ser autosuficientes? No depender de un hombre y ver sus cuerpos y sus vidas marchitas de tanto servir…

Entonces miro la foto de mi sobrina, surcada su frente con mil arrugas, una fotografía muy elocuente. Él, su esposo, en el centro de la foto, como si el cuadro no admitiese a nadie más. Se ve risueño, tranquilo, todo poderoso. Y en una esquina aparece ella, como un parche, como alguien que no está invitada, pero entra. Otrora bella, su piel marchita, su mirada triste, su sonrisa congelada.

Me enojo mucho, corro a mirarme al espejo. No, los años se la han comido a ella. No, no son los años, es la vida que está llevando. Pero recuerdo que cuando trataron de ayudarla ella se negó. Dijo que esa vida le gustaba. Que se quedaba ahí. ¿Será que ella encontró su lugar y yo nunca el mío? O, ¿que yo encontré el mío y ella nunca pudo salir de su cárcel?

Mi amiga se despide, no sin decirme que no me confíe de los hombres, que ellos viven para ellos y que hago bien de salirme en una barca yo sola. Que debiera agradecer tanta soledad. Me miro dueña de mi barca. Entonces jugueteo, imagino que ando persiguiendo mariposas. Se va.

Sigo contemplando el mar azul, sin tocarlo, sin ninguna exaltación que haga que pierda el equilibrio y me caiga. Ya pasada la tarde, empiezo a extrañar a las personas.

Tanta es mi súplica que aparece un amigo, ya lo conozco desde hace muchos años, me pregunta que cómo va mi viaje, bien, sin exaltaciones, sin atisbar un buen puerto. Me arranca de mis ilusiones de un solo tajo. ’No has zarpado’, me dice.

Entonces, vuelvo la vista y veo otra vez el muelle. Aquí sigo, no he avanzado nada…
Apuro los pasos para encender el radio y escuchar las noticias. ¿por qué si no he avanzado por el mar, sigo aquí en mi barca? Lo que escucho es devastador. Varios titanes y diosas del olimpo han muerto, no han podido ganarle al COVID-19.

Pienso que necesito saber quién es ese potente COVID-19 que me tiene aquí varada y que está matando a tanta gente. Me pongo a investigar. Pero hay tanta información, tan diferente, que ya no sé quién es.

Unos dicen que es hijo de unos dioses, que lo hicieron para hacerle frente a unos virus que asolaban a las personas, pero se les salió de control y que ataca sin importarle nada, ni posición social, ni edad.

Otros dicen que simplemente se encontraba en el mundo, que tiene una genealogía bastante añeja, que por ello se le dice 19 y que en las mutaciones que ha tenido, salió uno más potente, que puede dañar el cuerpo de las personas de una forma letal. Pero que, además, no existe una forma de contener sus ataques y que todos estamos expuestos a que nos mate.

Entonces trato de asimilar por qué decidí subirme a la barca, sin que nadie me esté obligando.

Ya es otro día. Al despertarme casi pierdo el control y caigo al mar. No porque hubiera una tempestad, sino porque al voltear no vi el muelle. Inspeccioné las cuerdas y encontré que por el vaivén el amarre se había ido soltando, hasta que se zafó.

¿Cómo pudo suceder esto? Tal vez fue de madrugada, cuando me venció el sueño. No sé, de pronto revisé los mapas, hice cálculos para saber en dónde estaba. Me parece que el próximo puerto lo voy a poder ver en septiembre.

Debo navegar en mi barca y no perder el rumbo. Me miro sin velas, sin timón, sin víveres, sin agua. Son muchos meses, tres. ¿Podré sobrevivir en medio de la nada y en el centro de todo? No lo sé… pero debo seguir resguardada.


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