Lo sucedido este miércoles en el Senado confirma un hecho político de gran calado: el PRI, tras haber perdido espacios que durante décadas consideró suyos por derecho, atraviesa una crisis de desesperación que se traduce en violencia y descontrol.
Por primera vez en 96 años, los priistas dejaron de tener bajo su dominio posiciones clave, como la vicepresidencia de la Mesa Directiva. Este retroceso histórico no solo los exhibe como una fuerza en decadencia, sino que también ha desatado reacciones irracionales entre su dirigencia.
La actitud de Alejandro ’Alito’ Moreno es reflejo de esa molestia. Incapaz de asimilar la pérdida de privilegios, recurrió a la agresión física contra el presidente del Senado, Gerardo Fernández Noroña, y hasta contra colaboradores de la Cámara. Una escena lamentable, impropia de la política democrática y que deja al PRI no solo como un partido reducido en números, sino también en altura política.
Lo que vimos no fue un debate duro ni una confrontación de ideas: fue el estallido de un grupo desesperado que, al verse rebasado por la voluntad popular y por el avance de las fuerzas progresistas, eligió el camino de la violencia. Esa es la imagen que el PRI proyecta hoy: la de un partido que, al no poder sostener su poder en las urnas ni en los acuerdos parlamentarios, opta por los puñetazos y los gritos.
El contraste es claro. Mientras la mayoría parlamentaria avanza en la transformación del país con reformas y diálogo, la oposición priista se hunde en la provocación y la nostalgia por un poder que ya no volverá.