Propuestas y Soluciones
Jorge Laurel González
’No hay nada más difícil de emprender, ni más incierto de éxito, ni más peligroso de manejar, que introducir un nuevo orden de cosas.’ (El Príncipe)
Nicolás Maquiavelo, (1469- 1527) diplomático, filósofo político y escritor italiano.
En política, los relevos rara vez son un simple trámite administrativo. Un cambio de liderazgo parlamentario es, casi siempre, una corrección de rumbo; a veces, incluso, una confesión. La reciente salida de Adán Augusto López Hernández como coordinador de Morena en el Senado —y la llegada de Ignacio Mier Velazco para encabezar la bancada y la Junta de Coordinación Política (Jucopo)— no debe leerse como un cambio de nombres: es un ajuste de fuerzas. En términos formales, se dijo que Adán Augusto deja la coordinación para concentrarse en ’trabajo de territorio’ rumbo a las elecciones venideras. Pero la política real —esa que no cabe en boletines— opera por señales: cuando el jefe parlamentario se mueve, casi nunca es porque ’prefiere’ caminar; es porque el tablero se ha reacomodado y alguien decidió que el centro de gravedad debía cambiar. Adán Augusto representó, para bien o para mal, un estilo: el del operador duro, el del control por la negociación áspera, el del acuerdo como instrumento de disciplina interna y de sometimiento externo.
Esa forma de conducir un grupo parlamentario puede ser eficaz para aprobar reformas, pero suele tener un costo: erosiona la legitimidad cotidiana, desgasta la confianza y deja resentimientos en la interfaz con la oposición, con la prensa y con los actores que no se subordinan. En una democracia funcional —y México necesita funcionalidad más que épica— gobernar no es sólo ganar votaciones: es sostener un mínimo de credibilidad en el procedimiento. El relevo por Ignacio Mier apunta a otro registro: el del negociador institucional, del puente, del interlocutor que intenta reconstruir canales rotos. Esa es, al menos, la expectativa pública que acompaña su nombramiento: ’hacer política’ con diálogo, reordenar el trato interno y externo, y facilitar la agenda presidencial sin convertir cada trámite legislativo en una pugna de egos. No es casual: cuando un gobierno entra en fase de consolidación, cambia su necesidad. Al inicio, suele dominar el impulso de control; después, aparece el imperativo de estabilidad. Y la estabilidad no se impone únicamente con fuerza: se construye con reglas, con interlocución, con previsibilidad.
Este movimiento debe entenderse como una toma de poder del equipo de Claudia Sheinbaum dentro de una arquitectura política que, durante años, orbitó alrededor de la voluntad personalísima del expresidente Andrés Manuel López Obrador. Aquí conviene ser precisos: no se trata de una ruptura ideológica, ni de una ’traición’ al obradorismo (palabra útil para el melodrama, inútil para el análisis). Se trata de algo más clásico y, por eso mismo, más inevitable: la presidenta en funciones busca controlar los mecanismos de gobernabilidad legislativa. En sistemas con mayorías fuertes, quien controla el ritmo del Congreso controla el margen de maniobra del Ejecutivo. Y quien no lo controla, gobierna con sobresaltos.
El hecho de que Mier asuma también la Jucopo, y que su discurso inicial se alinee con el avance de la agenda presidencial, refuerza esa lectura: el Senado no puede ser un territorio autónomo del ’equipo anterior’, porque el costo de esa autonomía se paga en ejecución de gobierno, en narrativa pública y en disciplina estratégica. Adán Augusto no sale del centro del escenario por una simple rotación. Su figura venía acompañada de controversias que, en política moderna, son más graves que un expediente judicial: son un expediente reputacional. En un entorno donde la legitimidad se disputa diariamente, los señalamientos y sombras —incluidas las polémicas mediáticas en torno a colaboradores y acusaciones diversas— debilitan al operador, y con él, al proyecto que dice sostener. Y aquí aparece el núcleo filosófico del asunto: el poder no se sostiene sólo por la fuerza numérica (votos, escaños, mayorías). Se sostiene por lo que Max Weber llamaría legitimidad —por la creencia social de que el mando tiene derecho a mandar—. Cuando esa creencia se resquebraja, el poder sigue existiendo, pero se vuelve caro: exige más coerción, más propaganda, más pleitos, más desgaste.
El relevo, entonces, tiene una lógica de ’economía del poder’: cambiar al conductor para abaratar la gobernabilidad.Hay otro factor, más sutil y más corrosivo, que ha presionado al sistema: el costo político acumulado por las polémicas asociadas a los hijos del expresidente. No se trata únicamente de acusaciones partidistas o de ruido de redes: se trata del choque entre un relato fundacional —austeridad, humildad, cercanía con ’el pueblo’— y una serie de episodios que han alimentado percepciones de incongruencia.El caso más emblemático fue la controversia por el viaje y estancia en un hotel de lujo en Tokio de Andrés Manuel ’Andy’ López Beltrán (secretario de Organización de Morena), que detonó críticas internas y externas por su contraste con el discurso de austeridad. La propia presidenta Sheinbaum intervino en el plano ético-político, reiterando que el poder debe ejercerse con ’humildad y sencillez’. En paralelo, la prensa ha documentado cómo estos episodios se convirtieron en un flanco narrativo que golpea al movimiento desde dentro y desde fuera. Más recientemente, también se han publicado exigencias de oposición para que se investiguen ingresos de los hijos del expresidente en el contexto de señalamientos por consumo de lujo, lo que sin duda, —independientemente del desenlace legal— incrementa el costo político del legado. En filosofía política, esto se entiende fácil: los símbolos gobiernan. La austeridad no es solo un rubro presupuestal; es un símbolo de pertenencia moral.
Cuando el símbolo se contradice, el adversario no necesita probar corrupción: le basta con probar incoherencia.Ese desgaste simbólico afecta a quien dejó el poder, pero también afecta al gobierno que lo sucede si no marca distancia. Por eso, para Sheinbaum, consolidar mando implica —en parte— reducir la cuota de influencia del ’equipo anterior’ y administrar el legado sin quedar atrapada en sus costos.
¿Qué significa esto para el país real? A quienes vivimos de construir confianza —en el turismo, en la inversión, en la reputación de un destino— nos interesa una palabra: previsibilidad. Un Senado conducido por la lógica del choque permanente encarece el ambiente: los mercados se inquietan, los actores económicos se paralizan, la política se vuelve un espectáculo de incertidumbre. En cambio, un Senado con liderazgo capaz de negociar y ordenar prioridades reduce el ruido y mejora la gobernabilidad cotidiana.Por supuesto, nadie debe idealizar a Ignacio Mier. Su reto no es ’ser amable’; su reto es más complejo: conducir una mayoría sin fracturarla, avanzar la agenda presidencial sin deslegitimarla, y preservar la eficacia sin volver a los viejos vicios de la política de rodillazo.Pero el mensaje del relevo es claro: la presidenta está cimentando su poder. No con golpes teatrales, sino con lo que realmente define a un gobierno: control de sus palancas institucionales, contención de pasivos reputacionales y reorientación del aparato legislativo hacia su propio centro de mando. Y en política —conviene recordarlo— el poder que no se consolida, se disuelve. La historia está llena de presidentes que ganaron la elección, pero no gobernaron el sistema. Sheinbaum parece haber entendido que la presidencia no se hereda: se ejerce. Y, para ejercerla, el Senado no puede ser un museo de lealtades pasadas, sino una máquina de gobernabilidad presente. Recordemos que solamente Juntos, Logramos Generar, Propuestas y Soluciones.
Jorge Laurel González
Empresario hotelero y restaurantero.
Doctor en Ciencia Política y Administración Pública.