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Hungría: cuando el péndulo regresa hacia la libertad

Hungría: cuando el péndulo regresa hacia la libertad
Política
Abril 18, 2026 11:57 hrs.
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Jorge Laurel González › codice21.com.mx

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’La nousocracia no es el gobierno de los soberbios, sino el mandato de la inteligencia puesta al servicio del bien común; porque cuando el poder deja de pensar, la sociedad empieza a sufrir.
Enrique Caballero Peraza (escritor y politólogo, compañero del doctorado) (1959)

’El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente’, escribió Lord Acton. Hay frases que sobreviven a los siglos porque no envejecen: solo esperan nuevos escenarios para demostrar su vigencia. Hungría acaba de ofrecer uno de esos escenarios. El resultado electoral del 12 de abril de 2026 no fue solamente una alternancia partidista: fue el agotamiento visible de un modelo de poder que, durante demasiado tiempo, confundió mayoría con verdad, Estado con partido y patriotismo con obediencia. La victoria de Tisza, encabezada por Péter Magyar, y el fin de 16 años de Viktor Orbán al frente del gobierno húngaro, abren para ese pueblo una esperanza legítima: la de volver a respirar políticamente.

No conviene romantizar de inmediato toda transición, pero tampoco minimizar el momento. Tisza obtuvo una mayoría de dos tercios en el Parlamento, en una elección de participación histórica, lo que convierte el resultado en algo más que un simple relevo administrativo: es un mandato social rotundo para corregir el rumbo de un país que había ido normalizando la concentración del poder, el debilitamiento institucional y la captura progresiva de los contrapesos. Reuters y AP coinciden en señalar que la derrota de Orbán pone fin a una etapa de 16 años y abre la posibilidad de reformas rápidas en materia judicial, anticorrupción, libertad de medios y relación con la Unión Europea.

Llamemos a las cosas por su nombre. El régimen derrotado no fue una dictadura clásica, pero sí una forma de autoritarismo electoral, hábil en conservar urnas mientras vaciaba equilibrios. Freedom House ha descrito a Hungría como un país ’Partly Free’, subrayando que desde 2010 el gobierno de Fidesz impulsó cambios constitucionales y legales para consolidar control sobre instituciones independientes. V-Dem, por su parte, ha clasificado a Hungría durante años como una autocracia electoral, es decir, un sistema donde la competencia formal persiste, pero el terreno se inclina sistemáticamente en favor del poder. No estamos, pues, frente a una exageración retórica, sino ante una advertencia histórica: el autoritarismo contemporáneo ya no necesita botas todo el tiempo; a veces le basta con leyes sesgadas, propaganda persistente, clientelas satisfechas y oposiciones asfixiadas.

Por eso lo ocurrido en Hungría debe importar más allá de Budapest. Todos los regímenes autoritarios que se aferran al poder se parecen en algo esencial: dejan de gobernar para servir y empiezan a gobernar para durar. Cambian el lenguaje de la responsabilidad por el de la permanencia. Se rodean de aduladores, degradan la crítica al rango de traición y convierten a la ley en escudo del grupo dominante.

Luego llega el punto en que ya no administran un país: administran sus miedos. Y cuando eso ocurre, el Estado deja de ser casa común y se vuelve una fortaleza sitiada por fantasmas que el propio poder inventó.

Aquí entra la llamada Ley del Péndulo. No es una ley escrita en códigos jurídicos, pero sí una regularidad observable en la vida pública: cuando un sistema se empuja demasiado hacia un extremo, genera las condiciones de su contrario. El abuso produce reacción. La soberbia convoca castigo. La cerrazón despierta una necesidad colectiva de apertura. El péndulo político no se mueve por magia; se mueve por hartazgo. Durante años, Orbán pareció invencible porque dominó el relato nacional, ocupó las instituciones y cultivó la idea de que él era Hungría. Pero ningún gobernante prudente debería cometer ese error metafísico: ningún hombre es una nación. Cuando el poder quiere eternizarse, acelera sin querer el deseo social de relevo.

La consecuencia de esta Ley del Péndulo puede ser saludable o peligrosa. Saludable, si la sociedad usa la alternancia para reconstruir instituciones, profesionalizar el servicio público y restaurar reglas limpias. Peligrosa, si cambia de caudillo, pero no de cultura política; si sustituye un dogma por otro; si responde al abuso con revancha ciega en vez de justicia. Ahí reside el verdadero desafío para la nueva mayoría húngara. No basta con derrotar electoralmente a un proyecto autoritario; hay que desmontar, con legalidad y serenidad, los incentivos que hicieron posible su duración. Y eso implica revisar redes de corrupción, proteger archivos, fortalecer jueces, devolver autonomía a los medios y restablecer confianza con Europa. El propio equipo de Magyar ha planteado una agenda de anticorrupción y de acercamiento a la Unión Europea para recuperar miles de millones de euros congelados por preocupaciones sobre el Estado de derecho.

La lección, sin embargo, no es exclusiva de Hungría. Vale para toda nación donde el oficialismo se acostumbra a ganar demasiado, a escuchar demasiado poco y a creer que la legitimidad del origen justifica todos los excesos del ejercicio. Ningún régimen que desprecia la pluralidad está a salvo del péndulo. Ningún proyecto que reduce al ciudadano a clientela puede proclamarse estable para siempre. La historia política enseña una ironía constante: los gobiernos que más hablan de orden suelen incubar el desorden futuro, porque bloquean la válvula natural de la crítica y obligan a la sociedad a buscar salidas más drásticas.

Yo celebro, por ello, no una victoria partidista en abstracto, sino la posibilidad de que el pueblo húngaro recupere la noción de que la política debe servir para limitar el poder, no para idolatrarlo. Y aquí conviene recordar una idea que he defendido en otras ocasiones: la conveniencia de la nousocracia, entendida no como el gobierno de una élite soberbia, sino como la conducción pública basada en inteligencia, conocimiento, deliberación y altura moral. Frente a la demagogia, razón. Frente al culto al líder, instituciones. Frente al ruido propagandístico, pensamiento. Frente al autoritarismo emocional, prudencia y ciencia política aplicada al bien común. Una democracia sin inteligencia se vuelve vulnerable; una inteligencia sin democracia se vuelve tiranía. La tarea superior consiste en articular ambas.

Hungría ha dado una señal. El péndulo se movió. Ojalá no se detenga a mitad del camino ni se desboque hacia otro exceso. Que su nueva esperanza no sea la ilusión de un mes, sino el inicio de una reconstrucción cívica duradera. Porque cuando un pueblo decide que ya no quiere obedecer al miedo, comienza a escribir una página distinta de su historia.

Y porque toda sociedad que recuerda que el poder debe rendir cuentas, da un paso —pequeño o grande— hacia la libertad verdadera.

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