La historia de México se ha forjado a través de innumerables sucesos que han dejado huellas imborrables a lo largo y ancho del territorio nacional, creando así un invaluable tesoro que va desde el esplendor de la cultura prehispánica, pasando por la Conquista, la Guerra de Independencia, la Revolución mexicana y la época moderna.
En esos anales históricos hay un capítulo ciertamente “oscuro” y prácticamente oculto en las aulas, la academia y el discurso oficial.
Se trata del 15 de septiembre de 1847, cuando la bandera de los Estados Unidos amaneció en lo alto del asta de Palacio Nacional, en el Zócalo capitalino, para anunciar a la población la victoria del Ejército norteamericano sobre las huestes mexicanas.
Lo anterior, como corolario de la llamada invasión estadounidense, derivada por la disputa de Texas, principalmente y que originó un enfrentamiento armado, luego de que el Congreso norteamericano le declaró la guerra a México el 13 de mayo de 1846 como consecuencia de “actos agresivos” de México, la cual se registró por diversos puntos de nuestro país y se prolongó hasta el 14 de septiembre de 1847.
Es importante destacar que en Internet solamente el sitio Wikipedia presenta un resumen de los hechos registrados en aquella época, del cual muchos otros han tomado referencia. De hecho, la página oficial de la Secretaría de la Defensa Nacional mantiene un link con información de la “invasión norteamericana” de esa época, aunque no refiere precisamente los hechos aquí descritos, ni tampoco proporciona muchos detalles de aquellos trágicos acontecimientos.
La batalla del 13 de septiembre
De acuerdo a Wikipedia, la Batalla de la Ciudad de México se libró del 13 de septiembre al 14 de septiembre de 1847 en la capital mexicana entre tropas mexicanas y estadounidenses, éstas últimas comandadas por el capitán Winfield Scott.
En las batallas de Churubusco, del Molino del Rey y la de Chapultepec (en el Castillo), llevadas a cabo en el período comprendido entre el 20 de agosto y el 13 de septiembre de 1847, los escasos oficiales mexicanos que aún quedaban libres decidieron no presentar batalla en campo abierto, sino en las calles de la capital.
El general Alejandro Constante Jiménez decidió preparar la defensa al mando de pocos soldados y voluntarios que, a pesar de todos sus esfuerzos, no resistieron los embates, por lo que la ciudad fue tomada por el ejército norteamericano.
Previamente, el sacerdote Luis de Fernández Rivera (de quien tampoco hay información oficial sobre los acontecimientos), al parecer encargado en ese momento de la Arquidiócesis de la Ciudad de México, debido a la falta del nombramiento del Arzobispo correspondiente, alentó a algunos feligreses que formaban los llamados batallones cívicos, integrados por abogados, artesanos, empresarios y jóvenes, para combatir al invasor cuando entrara a la capital.
En la Garita de la Viga, al oriente de la ciudad, el 13 de septiembre en la noche los estadounidenses entraron a la ciudad, enfrentándose a unos 100 hombres comandados por José Pérez, un ciudadano que había peleado en la Guerra de Independencia.
Ahí durante una hora, los estadounidenses tuvieron muchos problemas, pues los hombres de Pérez les causaron muchas bajas, además un grupo de 10 jinetes mexicanos armados con lanzas destrozaron la caballería del Octavo Batallón de Caballería de Tennessee. A pesar de esto, la artillería ligera estadounidense logró impactar a los hombres de Pérez, causándoles varias bajas y logrando perforar las barricadas desde donde disparaban.
En la Barranca del Muerto
Al dispersarse, una división entera del ejército estadounidense entró a la ciudad, no obstante, el batallón llamado “Galeana”, compuesto por unos 25 hombres, los emboscó en lo hoy se llama Barranca del Muerto, causando que muchos de los invasores cayeran desde aquella barranca, razón por la cual se le llama de esa manera. Los 25 hombres del batallón “Galeana” fueron muertos y los estadounidenses siguieron su avance.
La batalla duró hasta el día siguiente, cuando los estadounidenses con grandes bajas avanzaron hasta el centro de la urbe. Ahí, en la Plaza Mayor, el restante de fuerzas mexicanas les dieron una gran resistencia, pues fue necesaria la intervención de la artillería pesada estadounidense, hasta hacer que los mexicanos salieran de sus trincheras y entraran a Palacio Nacional, en donde siguieron defendiéndose, hasta que por la tarde se les acabó el parque, así que en una acción muy arriesgada, el General Gabriel Valencia intentó romper el sitio que habían puesto al palacio, mediante un ataque de bayonetas.
Unos 50 mexicanos salieron corriendo con sus rifles y espadas en mano para atacar a los estadounidenses que, sorprendidos, huyeron, no obstante la caballería de estos logró que los mexicanos cayeran muertos y ahí mismo el general murió por un disparo en la cabeza.
Pese a que el ataque mexicano resultó infructuoso, el sitio siguió, pues lanzaban desde las ventanas y balcones lo que podían en contra de los soldados norteamericanos.
“Me arrepiento de haber invadido el gran país de México”: Scott
Por otra parte, la población civil que no había querido abandonar la ciudad. Desde los edificios y casas la gente lanzaba macetas, piedras y lo que fuera, causando daños en el invasor, logrando herir en la cabeza al general Scott, que huyo de ese lugar, quedándole una cicatriz en la cabeza. Es un rumor cuando se comenta que después, al regresar a su país, el viejo Scott dijo: “Me arrepiento de haber invadido el gran país de México, pues nos combatieron hasta la muerte”.
El 14 de septiembre de 1847, al término de las batallas de la garita de Belén y la de San Cosme, el ejército estadounidense finalmente se apostó en el Zócalo de la capital, donde el sargento Benjamín S. Roberts bajó de Palacio Nacional el lábaro mexicano para izar el de las barras y las estrellas, cayendo muerto por la certera bala de un tirador anónimo.
El 16 de septiembre, el ejército estadounidense organizó un desfile militar por la Alameda y la calle de Plateros. Solo algunos civiles lanzaron piedras e insultos al ejército invasor.
Rendimiento y huida de Santa Anna
La noche anterior, el 15 de septiembre, el presidente Antonio López de Santa Anna se rindió, pues ya no le quedaban hombres disponibles. Fue así como el ejército invasor posó su bandera en el Palacio Nacional, recordando al pueblo mexicano su derrota; lo que fue una gran ironía ya que el 16 de septiembre era el aniversario del inicio de la Independencia Nacional.
Al término de la derrota militar, el jefe del ejército y presidente Antonio López de Santa Anna se concentró en la Villa de Guadalupe, luego huyó a Puebla abandonando al ejército que mandaba; después de varios días de andar errante, buscó asilo en el estado de Oaxaca, pero el entonces gobernador Benito Juárez le negó la entrada. Santa Anna salió del país para buscar exilio en Turbaco, Colombia.
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