Opinión
LETRAS LIBRES, ALMA FEROZ
La mujer que aprendí a mirar
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Domingo, 10 de Mayo de 2026 17:40 hrs.
Nacional / México / Acapulco
Por Emireth Bollás Mendoza
Dedicado a la madre más fantástica que la vida me pudo dar, Ma. de Jesús.
Cuando era adolescente, soñaba con no parecerme a mi madre. Supongo que en la rebeldía feroz con la que quería vivir aquellos años de mi vida veía en ella todo aquello que representaba los límites, las advertencias y las cosas que —según yo— jamás debía repetir. Mi madre era la experiencia; yo quería convertirme en pasión andante.
Quería hacerlo todo sin pedir permiso, vivir deprisa sin medir consecuencias, incendiarlo todo antes de aprender a nombrar mis propios miedos. Ella, en cambio, parecía habitar el mundo desde la prudencia y la conciencia permanente de las consecuencias; algo que durante mucho tiempo confundí con perfección o exceso de control.
No entendía por qué había que pensar tanto antes de actuar, medir cuidadosamente las palabras o cargar preocupaciones sobre cosas que, desde mi mirada adolescente, todavía ni siquiera sucedían. Yo creía que la vida debía vivirse lejos de la cautela, como si la prudencia fuera un intento de limitarme y no la experiencia de una vida ya golpeada por la realidad.
Con el tiempo entendí que durante años a muchas mujeres no se les permitió equivocarse sin ser juzgadas. Antes de soñarse libres, muchas tuvieron que aprender a sobrevivir. Algunas crecieron demasiado pronto, cargando responsabilidades que nunca debieron sostener solas.
Mientras yo aprendía a hablar de independencia y a defender mis sueños, muchas mujeres que alguna vez tuvieron mi edad ya sostenían familias enteras —con o sin pareja, con o sin redes de apoyo— cuando ni siquiera había alguien que las sostuviera a ellas.
De mi madre aprendí la fuerza: seguir adelante incluso en los días difíciles. Aprendí la constancia, el respeto por las opiniones ajenas y esa manera tan suya de amar sin importar la distancia o el tiempo. También aprendí que la delicadeza no está peleada con la firmeza.
Veinte años después, veo a una madre completamente distinta a la que creí conocer. O quizá, por primera vez, tengo la oportunidad de mirar no solo a la madre, sino también a la mujer. A esa mujer que, desde la experiencia, intentaba advertirme sobre las heridas que deja la vida cuando una avanza sin cuidado.
Una mujer que siempre ha hecho lo mejor que puede con lo que la vida le ha dado.
Hoy no solo acepto con orgullo que me parezco mucho a ella; también entiendo que gran parte de quien soy nació en la fuerza de una mujer que nunca se ha rendido y que, incluso en los momentos más difíciles, siempre encontró una razón para mirar la vida con esperanza.
De su herencia no solo llevo el apellido o algunos rasgos físicos. También heredé la manera de celebrar los logros, de trabajar por los sueños y de volver a levantarme cuando la vida se pone difícil.
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