Opinión
Cansancio

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Nacional / México / Acapulco
Política

Por Emireth Bollás Mendoza

Hay cansancio del que no hablamos lo suficiente.

No me refiero al del cuerpo, ese que llega después de un día ajetreado y se disuelve con descanso o con un sueño reparador. Hablo de otro.
Uno más hondo.

De esos que no se apagan ni cuando duermes.
Un cansancio que a veces no nombramos, porque ni siquiera lo reconocemos.

Pero que se instala.

Se mete en la manera en la que respiramos, en lo que pensamos, en cómo atravesamos los días.
Es el cansancio de sostenernos incluso cuando ya no queremos.

De estar presentes, de cumplir, de responder, de proponer…

mientras por dentro algo empieza a ceder.

Nos dijeron que eso es normal.
Que hay que aguantar.
Que hay que demostrar.
Que esa es la vida.
Pero no debería serlo.

Existe algo profundamente engañoso en hacernos creer que este agotamiento es personal.

Que el problema está dentro de cada quien.
Que nos falta carácter o que no somos lo suficientemente fuertes.

Pero no es así.

Hay cansancios que no nacen en una sola persona, sino en todo lo que la rodea.

Es el cansancio de sostenerse en contextos que desgastan.

De intentar levantar el ánimo en ciudades donde sobrevivir parece más importante que cuidar.
De preguntarse si resistir es la única manera posible de existir.

A veces no pensamos en dejar de vivir,
sino en dejar de vivir de la manera en la que vivimos.
Y ahí está la diferencia.

Porque incluso en medio del agotamiento, algo persiste.

Algo mínimo, casi imperceptible,
pero lo suficientemente fuerte como para seguir insistiendo.

Aún no sé si es esperanza, costumbre,
o si simplemente no hemos llegado al límite.
Pero está.

Y tal vez por eso es importante decirlo.
Hablar del cansancio no es rendirse.

Es hacer visible lo que muchas veces se oculta.
Es admitir que hay vidas que desgastan más que otras.

Que hay realidades más duras que otras.

Y también es abrir la posibilidad de algo distinto.
Nadie debería tener que sostenerse en soledad.
Resistir no es la única forma de vivir.

Quizá la salida no está en aguantar más, sino en sostenernos de otra manera:
en comunidad.

Ahí, en lo compartido, en lo que se nombra, en lo que deja de ser únicamente propio,
es donde el cansancio puede cambiar de forma… y tal vez, dejar de doler en silencio.
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