LETRAS SUELTAS, ALMA FEROZ
Emireth Bollás Mendoza
He pasado mucho tiempo pensando en la sensualidad que habita en mí.
A mis 31 años puedo decirlo sin miedo: soy una mujer sensual y esa energía me acompaña entera, no sólo en el plano sexual, sino en todas las áreas que me construyen.
Pienso en cómo la sociedad nos enseña qué ’debería’ ser la sensualidad femenina y en cómo, en mi propia experiencia (a veces mucho más, a veces más, a veces menos, a veces a solas, a veces con otra persona), la he desobedecido, reclamado, vivido.
Y aunque no encuentre un concepto definitivo, algo late: una insistencia.
Inevitablemente me espejeo.
Me pregunto cuántas mujeres más están pensando en esto, preguntándose: ¿qué es ser sensual?, ¿cómo habitamos esa posibilidad?, ¿bajo qué condiciones se nos permite? ¿las mujeres podemos pensarla, decirla, escribirla sin ser reducidas a ella? ¿podemos admitir el deseo sin convertirlo en destino?
Lo expreso así porque, en mi experiencia, la sensualidad es algo que nos habita desde siempre, aunque a veces la ocultemos. Y escribir es mi manera de darle cuerpo.
Algo sucede cuando dejamos de temerla: empezamos a percibirla en otros. No como proyección, sino como reconocimiento. Una complicidad entre pieles. Hay cuerpos que la despiertan, gestos que la anuncian, presencias que la convocan.
Justo ahí es a donde quiero llegar.
Pienso en mí, pienso en alguien: posibilidades encarnadas de esta sensualidad de la que hablo. No por lo que hacemos, sino por lo que somos. Tú, él, ella, yo, somos cuerpos que pensamos y que con ello dejamos huellas, somos éticas de un deseo que no pide disculpas.
Recuerdo a alguien. ¿Tú a quién recuerdas?
Hay algo en sus presencias —en sus voces, en sus risas, en los modos en que miran el mundo— que convocan, no desde la urgencia, sino desde su inteligencia. Y ese tipo de sensualidad no es sexual, no se ejecuta: se habita.
No sólo somos cuerpos que atraen —aunque es ingenuo negar que eso también lo hace—.
También somos mentes que articulan ideas, que nos movemos en el lenguaje, que sostenemos pensamientos sin domesticarlos.
Esa mezcla entre mente y cuerpo me parece peligrosa.
Creo que la sensualidad de la mente me enciende porque no me infantiliza. Porque es esa que no busca poseer, sino ejercerse desde un lugar más complejo: desde una vulnerabilidad que no teme al placer, ni un conocimiento que no excluye a la piel.
Contigo, conmigo, con alguien más, puedo entender la sensualidad no como una narrativa que nos coloniza o nos oprime, sino como el reconocimiento mutuo de un cuerpo o cuerpos que piensan y se desean, sin necesidad de justificarlo ante nadie.
La belleza de la sensualidad es que no pide promesas y que no sólo es presencia física, también es mirar, oler, tocar con el pensamiento.
En 31 años de vida he aprendido algo:
Una persona puede no interesarme porque podría ser ’algo’, sino porque es alguien: singular, inexacto, vivo.
Porque su existencia me recuerda la mía, a mi pasión, a mi sensualidad, a mis ganas de conocer(me) más y más, me devuelve a mi propio cuerpo como territorio, como pregunta, como posibilidad.
En el fondo, eso es lo que más me erotiza:
Que la sensualidad no me distrae de mí, sino que me vuelve a mí con más intensidad. Me revela. Me piensa. Me enciende.