Consumación de la independencia

Propuestas y Soluciones

Jorge Laurel González

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Septiembre 25, 2020 21:35 hrs.
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Mexicanos, Ya sabéis el modo de ser libres; a vosotros toca señalar el de ser felices…
Agustín de Iturbide.

El 27 de septiembre de 1821, se dio fin a la lucha fratricida de la independencia de México. Once largos años pasaron, desde que Miguel Hidalgo y Costilla, dio el grito de Dolores, proclamando: ¡Viva Fernando VII!
Debemos recordar que, para los criollos, Bonaparte y su hermano ’Pepe Botella’, quien padeció del mismo señalamiento que Felipe Calderón, ya que se le culpaba (haya sido cierto o no), de ser aficionado regular a la ingesta de bebidas espirituosas.

La insurgencia había sido sofocada, precisamente por aquel que después con el mando del ejército imperial, buscó a Vicente Guerrero (quien se encontraba en menguada resistencia, haciendo guerra de guerrillas, en la zona que hoy conforma el estado que lleva su nombre) para legitimar su movimiento y el audaz cambio de bando, para tomar el poder.

¿Por qué en México se celebra el 16 de septiembre e incluso desde el día 15 de septiembre, en lugar de celebrar el 27 de septiembre, que es cuando realmente se concretó la independencia? Mucho tiene que ver, con el hecho de que somos un país de primeras piedras sexenales o trianuales, dependiendo de si sean gobiernos federales, estatales o municipales. Nos fascina celebrar el hecho de que empezamos, cuando en realidad deberíamos de festejar en la culminación de los logros o los eventos. Es parte de nuestra naturaleza, somos un pueblo festivo, con mucho entusiasmo e iniciativa.

Hay otra razón para no celebrar el 27 de septiembre, con la magnitud con la que se debiera. Festejar en esta fecha, forzosamente centraría nuestra atención en Agustín de Iturbide, que muchos consideran el verdadero padre de la patria. Fue él quien negoció la paz con Guerrero y el que encabezó la entrada triunfal del ejército Trigarante, a la Ciudad de México, desviando la ruta del desfile, para pasar cerca de la Iglesia de la Profesa, dado que al lado vivía María Ignacia Rodríguez de Velasco la ’Güera Rodríguez’, quien, a sus 42 años de edad, era no solamente una belleza, sino una gran mujer que fue determinante como mecenas e impulsora de la consumación del movimiento que hizo de México un país libre.

La leyenda dice que fue ella quien durante sus encuentros amorosos insertó en la mente de Iturbide, el futuro emperador de México, la idea de convertirse en libertador del país. Según algunos historiadores María Ignacia apoyó a Iturbide para que llevara a cabo el plan de libertad nacional del pueblo mexicano. No solamente mantuvo una relación romántica con el futuro Emperador, también sostuvo una relación con Simón Bolívar y con Alexander von Humboldt.

El hecho es que la figura de Iturbide no es bien vista por la historia oficial. ¿El motivo? El hecho de haber sido coronado Emperador. Sin embargo, hay que recordar que México nace como un Imperio, al firmarse los Tratados de Córdoba. Un Imperio libre, independiente, con un México que llegó a abarcar casi 5 millones de Kilómetros cuadrados y que recibió la anexión de toda Centroamérica, excluyendo a Panamá. Se contemplaba como jefe de estado a uno de los infantes de España y en el caso de que nadie acudiera por el trono, el emperador sería designado por el Congreso. Así fue electo Agustín de Iturbide.

Los norteamericanos nunca vieron con buenos ojos la posibilidad de tener un vecino imperial, sabían que los reinos se fortalecen con alianzas matrimoniales y un imperio sólido, poderoso, era lo que menos deseaba en su frontera sur. Por eso el gobierno estadounidense boicoteó el primero y el segundo imperio mexicano, con el apoyo de los republicanos.

Justo ahí comienza la saga del traidor ¿Cuál fue, pues, la traición de Iturbide? Una en tres actos: la aceptación de la corona imperial en mayo de 1821, tras la algazara de Pío Marcha, la disolución del Congreso Constituyente en octubre y el fatídico desembarco por Soto de la Marina, en julio de 1824, que le costó la vida. La eficacia simbólica del imperio, como reconoció don Lucas Alamán, dependía de su ambigüedad, es decir, de que el trono se mantuviera vacío en espera de un príncipe con sangre real. Si Iturbide hubiera permanecido como Regente, liberando la presión de las provincias a través del Congreso y refrenando la ambición con su eficaz melancolía, tal vez no habría acabado en Padilla, ejecutado por un pelotón de federalistas tamaulipecos.

La mirada serena del tiempo nos persuade de que la ’traición’ de Iturbide no fue más que una serie de errores políticos. Sobre todo, el último: la travesía de Londres a Tamaulipas. Acompañado por su esposa. Ana María Huarte, dos hijos, un sobrino, dos sacerdotes, su ayudante polaco, un editor inglés y una imprenta, Iturbide, como demostrara Bulnes, no regresaba para levantarse en armas contra la República Federal, sino para reinsertarse en la vida política de la nación que él, como pocos, ayudó a independizar. Este trágico final y la condición híbrida de héroe-traidor hicieron de su tumba un lugar mítico, una cripta sin paz, un sepulcro tan perturbado como el de los propios caudillos del santoral nacionalista. (Rojas 2001)

El general Manuel Mier y Terán, atormentado por la independencia de Texas, se suicidó en 1832, en Padilla, dejando caer el cuerpo sobre su espada. Al año siguiente, Santa Anna ordenó que los restos de Iturbide se trasladaran a la Ciudad de México, donde serían honrados. La orden se cumplió en 1838, siendo presidente Anastasio Bustamante, iturbidista de primera y última hora, quien decretó que las cenizas del caudillo se depositaran en la capilla de San Felipe de Jesús en la Catedral de la Ciudad de México. En 1853, el propio Bustamante, desencantado de un México independiente que se precipitaba en la tiranía de Santa Anna, pidió, como último deseo, que su corazón fuese enterrado junto a las cenizas de Iturbide en la cripta de la Catedral.

A partir de 1857, los liberales profundizaron esa satanización, iniciada por los yorkinos de los años veinte, que atribuía a Iturbide el rol de un anti-Hidalgo. Si el cura de Dolores era el Padre de la Independencia, su Alteza Serenísima Agustín I era el Padrastro. En 1917, los revolucionarios dieron otra vuelta de tuerca al mito del primer traidor a la patria. Al cumplirse el centenario de la consumación de la Independencia, en 1921, siendo presidente Alvaro Obregón, la Cámara de Diputados federal aprobó, por 77 votos contra 5, que el nombre de Agustín de Iturbide, grabado en letras de oro, fuera desprendido de uno de los muros de la sala de sesiones.

Es tiempo, a un año del bicentenario de la consumación de la independencia, de reconciliarnos con nuestra historia, con nuestros héroes, aceptarlos como fueron, mujeres y hombres de carne y hueso, con vicios y virtudes.

El 27 de septiembre, debemos celebrar. Y debemos de preparar la celebración en 1821 del bicentenario de nuestro destino como nación independiente. El nombre de Iturbide, debe no solamente permanecer en letras de oro, debe estar en la historia oficial, como uno de los Consumadores de la Independencia y se le debe rendir reconocimiento y tributo a su memoria.
Todos juntos, todos los héroes que nos dieron patria. Recuerden, que solamente Juntos Logramos Generar: Patria y Libertad.

Bibliografía:
Rojas, R. (2001, 1 septiembre). Iturbide: La primera traición. Nexos. https://www.nexos.com.mx/?p=10139


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