LETRAS SUELTAS, ALMA FEROZ

Serie ’Un octubre en cuatro actos’. (Cuatro propuestas para explorar experiencias humanas desde la mirada esotérica de este mes)

Serie ’Un octubre en cuatro actos’.
(Cuatro propuestas para explorar experiencias humanas desde la mirada esotérica de este mes)
Política
Octubre 27, 2025 09:53 hrs.
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Emireth Bollás Mendoza › codice21.com.mx

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Capítulo IV. Un huracán llamado Otis

Nota aclaratoria

Este texto surge de mi experiencia personal con el huracán Otis, una noche en la que los miedos y fantasmas recorrieron la ciudad a 265 km/h. De ninguna manera busca minimizar el dolor de quienes perdieron a sus seres queridos, ni los duelos internos y las pérdidas materiales, por el contrario, busca abrazar su memoria.

Honra la vida de quienes, en medio de la tempestad, con su fuerza, se abrieron paso a esta experiencia terrenal, recordándonos la fuerza vital que nos habita.
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Fantasmas y recuerdos

¿Han sentido esa sensación capricorniana de cuanto tu cuerpo está físicamente y emocionalmente cansado, pero decides no parar? Pues un mañana de domingo, días después del huracán, eso me sucedió. Ya había decidido que saldría a correr. En mi interior, no sabía quién estaba más destruida, quien tendría más escombros ¿la ciudad o yo? ¿cuántas personas, además de mí, se sentían así?

Salí de mi casa a una ciudad que, como yo, había comenzado a limpiarse y resurgir. Aquella madrugada, la luna más bella de octubre brillaba de manera espectacular, sin viento, sin ruido. No era para nada una madrugada como la que en días anteriores habíamos vivido, cuando todo — y hay quien dicen que hasta el diablo— se había desatado.


Caminé por el fraccionamiento, veía cada casa sorprendida por la fortaleza que les habitaba, donde a pesar del viento, no había una sola que se hubiera caído. Pensé en esa fortuna, ¿cuántas familias además de la mía habían tenido la bendición de seguir de pie? ¿cuánto tardarían quienes no en recuperarse?

Y ahí vi a los primeros demonios. El sonido de los carritos de supermercado con cosas que se tomaban de los estantes, los cartones de juguete que los reyes magos no habían traído un seis de enero, botellas de alcohol que no eran de celebración.

Me adentré en los 900 metros de camino que tenía por delante. Me recordé regresando a casa, y lo divertida que venía hablando por teléfono con una amiga. Recordé como el color del rostro se le subió a mi mamá. Y la cara seria que tenía mi papá.

También mi último contacto con el exterior: el taxista que me había llevado, hablaba con alguien sobre todavía trabajar una hora más, cuando a esta ciudad ya solo le quedaban 10 minutos de relativa tranquilidad.
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Mientras caminaba hacia el puente elevado, los vi de nuevo: gente que disfrutaba saquear los supermercados, que iba y venía apurada por alcanzar cosas. Mientras, en la entrada de otro fraccionamiento, había personas que con todas las limitaciones buscábamos la manera de apoyar a quienes seguían atrapados y atrapadas en la inundación que siguió al huracán.

Y entonces tres hombres me trajeron a la realidad: Un policía vial y dos hombres que iban corriendo en lo que parecía un evento deportivo. Aunque era extraño —pues la ciudad no estaba en condiciones— pensé que tal vez era una manera para levantar el ánimo.

Me acerqué al tránsito y le pregunté hacia donde podían correr quienes no participábamos, extrañado me respondió:
— ’¿Cuál carrera, señorita?’
— ’¿Cómo que cuál?’
— ’No hay ninguna, pero pásele’
Lo miré con extrañeza y luego miré al frente. ¿Era posible que, en medio de una ciudad en reconstrucción, se hubiera abierto un portal hacia lo paranormal o era solo mi instinto pisciano?
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Corría sobre Palmas, una avenida que antes me parecía serena, ahora se veía eterna: el color verde de las plantas, lo colorido de las flores, la gente que desde la mañana estaba corriendo, los edificios altos e iluminados… Nada de eso quedaba.

El sol iba aclarando el paisaje—aunque a dos años, yo no he podido aclarar lo de mi mente— y se podía ver el paso de Otis por la ciudad. Esos ventanales con los que se podía disfrutar la ciudad, ya no existían o estaban enterrados en la playa o estaban a muchos kilómetros de distancia.

Con el corazón apachurrado pensé: ¿las personas que habitaban ahí habían logrado resguardarse, no estaban, habían fallecido? Pensé en cada quien ¿Cómo seguiríamos adelante sabiendo que, por el riesgo, por el egoísmo, por la circunstancia habría personas que no volveríamos a ver?

El trayecto en el que corría era un espejo de mi miedo, de lo que aún no se puede nombrar: el egoísmo, la vulnerabilidad, la incertidumbre, la esperanza, la fragilidad humana. Comprendí que cada paso no era solo un movimiento físico, sino un ritual para observar el caos, para observarlo, vivirlo, nombrarlo y transformarlo.
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Ahí sucedió otra vez: justo al entrar a la curva donde se ubicaba una plaza comercial, que antes de Otis iba a inaugurarse, lo vi salir y pensé en cómo él podría estar viviendo su propia reconstrucción.

Bajé el ritmo y decidí no perderle de vista; después de todo, si el diablo seguía suelto, yo podía estar en riesgo. Hice un escaneo del lugar: según su ruta y la mía, debíamos encontrarnos en un punto en donde el muro no era tan alto y una palapa seguía tirada, al lado de escombros, testigos de la fuerza de un huracán.

Cuando estuvimos a la misma altura, volteé de manera discreta. Esperaba verlo agachado detrás de la palapa, con su gorra café, su playera color roja y su pantalón de mezclilla… pero al pasar no había nadie. Me detuve en seco. Sentí el miedo recorrerme el cuerpo.

Miré alrededor: la ciudad era el retrato del desastre. Agua estancada en las calles, vidrios rotos por todas partes, montones de escombro, los árboles y el pasto arrancados de raíz.
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Era demasiada destrucción. Yo estaba por terminar de correr, así que aceleré el paso hacia el boulevard de los sueños (o de las Naciones) y recordé a los hombres que había visto correr.

La imagen de una plaza comercial saqueada me devolvió a todo lo que había presenciado. En la búsqueda de mis parientes, junto con mi familia: vimos de todo: personas enloquecidos abriendo oxxos, señalando otros locales que no habían sido tocados.

Acapulco en ese momento era caótico, mientras el cielo comenzaba a despejarse, el infierno estaba en la ciudad. Corrías el riesgo de todo, de cortarte, de caerte, de mojarte, de pelearte, de perderte un poco más….

En mi recorrido de regreso, seguía recreando aquel tenebroso 25 de octubre: un tráiler volteado de un lado, un espectacular que anunciaba un negocio de construcción tirado, un condominio reducido a pilares, un grupo de personas llevándose camioneta platos y cubiertos de una taquería famosa.

Había muchas personas en la calle, pero ninguna parecía interesada en saber que pasaba con las otras. Cada quien vivía en su propio mundo, su egoísmo, su preocupación, su alevosía, nos veíamos, pero no nos mirábamos.
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De vuelta a mi nueva realidad, tuve mi último encuentro:

Caminaba de regreso, ya con los rayos del sol escorpiano sobre mi espalda. A mi alrededor, los recuerdos flotaban como fantasmas, rodeándome, susurrándome lo que fue. Y, aun así, el calor me abrazaba, recordándome que aquí seguía… que estaba viva. Mientras me ponía de acuerdo para ir a la barbacoa — esa tradición runner de los domingos que me anclan a la normalidad— levanté el celular. A través del reflejo, lo vi otra vez.

Un hombre caminaba justo detrás de mí. Por un segundo, pensé que me seguía, que estaba en riesgo. Me giré para darle el paso…y entonces lo sentí: un golpe de aire, seco, frío, repentino. No había nadie.

El miedo me recorrió el cuerpo como una corriente eléctrica. Y entonces, me puse en modo esotérico. Pensé en aquellos hombres, los de la carrera invisible, el del centro comercial. ¿Los había imaginado? ¿O, de alguna manera, había logrado contactar con ellos? No lo sé. Tal vez fue mi intuición de luna en Cáncer, o tal vez, de que los velos entre ambos mundos se vuelven delgados.
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Lo que sí sé, es que el Huracán Otis fue mucho más que agua y viento. Fue una noche que cambió nuestras vidas y la manera de vivirla. No importa si ahora estamos en este bellísimo puerto o en cualquier parte del mundo, a cada quien, donde sea que estemos, la Vida, Dios o el Universo nos dio la magnífica oportunidad de renacer desde los escombros, como fénix acapulqueños.

Como muchos y muchas, que antes, durante y después de la tempestad Otisdiana, nos demostraron su fortaleza…
su capacidad de pelear por vivir desde los primeros minutos de su existencia.

Como todos y todas nosotras, desde donde nos encontremos,
debemos recordar que siempre tenemos la oportunidad…
que siempre tenemos la fuerza…
para reinventarnos,
para renacer,

Porque somos sobrevivientes de un huracán.

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