Andrés y Cira

Textos y Claves

Miguel Ángel Arrieta

Textos y Claves

Turismo

Junio 09, 2020 13:33 hrs.
Turismo Internacional › México
Miguel Ángel Arrieta › codice21.com.mx

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Los conocí a finales de la década de los ochenta por la habilidosa intervención de mi compañero de Redacción en Novedades Acapulco, Marcos Lorenzo Morales.
Cira Zavaleta, propietaria e imagen del restaurant Cira la Morena en la franja costera de Barra Vieja, enfrentaba continuamente el acoso extorsionador de inspectores federales y municipales acostumbrados a recolectar una cuota sabatina a cambio de no emitir infracciones. Andrés García Cervantes, su esposo, quien hacía las veces de publirrelacionista, intendente, chofer, mesero y se encargaba de las compras del negocio, confió en exponer públicamente la conducta de los cuatreros con charola oficial y llevó el caso a las páginas del diario acapulqueño.
La exposición reporteril dio resultado: los representantes gubernamentales abandonaron por buen tiempo sus prácticas de asaltantes con licencia. Desde este capítulo comenzamos a construir con Andrés y Cira un acercamiento que en ocasiones se manifestó con una intensidad afectuosa de carácter familiar.

A partir de ahí comprendí que el destino de Cira era inevitablemente interpretar la esencia de la mujer costeña que salió de su pueblo, Soto, en Oaxaca, para convertirse en símbolo de la realidad mística de Guerrero.
En 74 años, Cira creó más que un legado gastronómico. De cierto, consolidó también un estilo y un lenguaje propios capaz de ubicarla en un referente nacional, y Andrés se convirtió en el artífice emocional de esa figura.

Cira era poseedora sin duda de una personalidad que contagiaba alegría con su voz de autoridad irrenunciable. Pero a la vez encantaba con artilugios de gitano desprendidos de sus manos con uñas de oro y el sartal de pedrería preciosa que pendía de su cuello. Su gracilidad derivada del desenfado de los negros de la Costa le facilitó siempre administrar exitosamente su empresa levantada estoicamente desde finales de los setenta. Y ni hablar de su creatividad para enriquecer las exquisiteces culinarias que le fueron enseñadas a temprana edad.

Andrés hizo siempre la parte complementaria para erigir el concepto Cira la Morena. Su preparación magisterial le otorgó la visión para esculpir una marca a través de los tiempos complicados de la economía local. Particularmente después de la caída del turismo extranjero que agobió a Acapulco en 1987.

Diariamente, Andrés y Cira recorrían el interior del mercado central y sus alrededores para hacerse de los huachinangos con mayor frescura, de chiles pasilla, guajillo y costeño de mejor textura, de canastillas de camarones con el peso y tamaño entregados durante años, del jitomate, cebolla, chiles serranos y racimos de ajos suficientes para procesar el pescado a la talla, el adobo a la diabla, los deliciosos sopes y las quesadillas hechizantes guisadas en su cocina con fogones y parrillas de carbón.

La fragancia de rosas de Cira entre el calor de las brasas y el olor a mar imponía a las negras que intentaban con premura de angustia seguir al pie las indicaciones de quien dirigía la orquesta. Sabían que un traspié terminaba siendo la chispa de una tormenta.

Andrés hacía su parte a cargo de la supervisión del personal de servicio y dedicando atención preferente a clientes especiales. Además de vigilar la seguridad de los comensales que gustan de disfrutar la alberca del local, o de vez en cuando, se atreven a desafiar el oleaje impetuoso de las playas en Barra Vieja.

Quizá por eso ambos cruzaron juntos la calle hacia la inmortalidad. Con diferencia de dos días, Andrés falleció el sábado y Cira el lunes, decidieron continuar juntos en la conducción de la empresa a la que se dedicaron durante más de treinta años.
A Cira y Andrés los sorprendió el viaje eterno cuando organizaban su retiro. En diciembre pasado los visité en su casa de calle Chihuahua en la colonia Progreso, lugar en el que residían desde hace más de dos décadas después de que un grupo de delincuentes irrumpió en la vivienda que poseían en Barra Vieja y despojó a Cira de parte del lote de joyas que ella portaba.
Mientras platicamos de los avatares de nuestra sobrevivencia, vi sobre repisas fotografías que ratificaban el diseño que describí sobre la personalidad de Cira cinco años atrás: Cira pertenece al realismo mágico de carne y hueso.

En uno de tantos encuentros celebrados a unos metros de su cocina próxima a la playa, Cira se dejaba llevar por la nostalgia y recordaba en un lenguaje impregnado de palabras picarescas, sus inicios en la gastronomía. Aquél tiempo en el que trabajó para Papa Godo, (Beto Godoy), y la comadre Gloria Suazo, de quienes aprendió las bases para lo que al final tendría un sello indiscutiblemente esencial en la cocina guerrerense.

Cira se afanó tanto a la necesidad de cocinar lo mejor que podía, que fue ganando experiencia en el oficio de conquistar el mundo con la creación de inigualables platillos que sirvió durante más de cuatro décadas, y que se convirtieron en la mejor tarjeta de presentación para ganar cada día más amigos. Amistades entre las que recordaba personajes que le abrieron oportunidades y permitieron, después de severos obstáculos encontrados en sus inicios, consolidar un nombre identificado ya como uno de los principales emblemas de Acapulco ante el escenario internacional.
Desde los albores del siglo actual, Cira proyectó su legado con la construcción de nuevos restaurantes administrados por sus hijas Mary, Juana y su hijo Armando; de tal forma que ahora son cuatro los establecimientos operados bajo la misma marca. De hecho, también su hija Lorenza obtuvo el mismo impulso pero decidió vender el establecimiento para trasladarse a los Estados unidos.

Rasgo distintivo e inolvidable de Andrés y Cira fue la generosidad. Después de perfeccionar su estilo culinario, la morena decidió compartir la columna de su recetario a una infinidad de familias que al paso de los años hicieron del pescado a la talla una industria gastronómica instalada a lo largo de kilómetros de litoral guerrerense.
Esa nobleza permite ahora disfrutar a orilla de la playa uno de los atractivos centrales del turismo en Guerrero.

Desde un enfoque sociológico, la obra de Cira y Andrés se enmarca en el escenario de guerrerenses que pertenecieron a una generación lastimada por la pobreza y terminaron emigrando de sus comunidades de origen, él de Tixtla y ella de Soto, para buscar maneras de sobrevivir y su persistencia los lleva a encontrar espacios superiores de bienestar.

’Muchos se van para Estados Unidos, yo preferí venirme aquí, cerquita’, me comentó un día la morena con su expresión jocosa.
Alberto Cortez, cantautor poeta argentino describe en líneas musicales hipnotizantes el insoportable peso en que termina convertida la memoria cuando alguien se va: ’Vientos, campos y caminos distancia, que cantidad de recuerdos, de amores y amigos distancia que se han quedado tan lejos’…
Hasta pronto Andrés y Cira, hasta pronto.


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