Trump y la mentalidad de rebaño de los medios de comunicación


Conozca las claves de la fractura de los eslabones que encadenaban los intereses de los consorcios de la comunicación de EEUU con la Casa Blanca

| Justo May Correa | Desde enbocaspalabras
Trump y la mentalidad de rebaño de los medios de comunicación

Periodismo

Septiembre 09, 2018 08:59 hrs.
Periodismo Internacional › México
Justo May Correa › enbocaspalabras

11,178 vistas

Los medios de comunicación fueron por décadas los aliados naturales del gobierno de los Estados Unidos en su estrategia por controlar al mundo. Actuaron y hasta mintieron en comunión. Esa uniformidad los llevó a sumarse sin disimulo a la campaña presidencial en favor de la demócrata Hillary Clinton, en un abierto intento por impedir la victoria del republicano Donald Trump, al tener fundadas sospechas de que el establishment estaría en peligro en caso de llegar el magnate a la Casa Blanca. A partir de entonces enderezaron sin cesar sus ataques en contra del candidato, y los han arreciado estos dos años con Trump ya presidente. Hoy no sólo participan los magnates de la comunicación anti Trump, sino también los otros poderes del gobierno irritados con el ejecutivo por su estilo de gobernar.

A los antiguos aliados de la Casa Blanca que para nada esperaban que se hiciera del gobierno un personaje con las características de Donald Trump, les irrita tremendamente que el presidente de los Estados Unidos les llame recurrentemente ’mentirosos’, ’enemigos del pueblo’, ’basura’, ’noticias falsas’ o ’los seres más despreciables’.

¿Tiene razón Trump? ¿De verdad los medios han mentido más de una vez tomados de la mano de los gobiernos anteriores? Veamos un primer ejemplo:

El viernes 3 de abril de 2015, Judith Miller, premio Pulitzer de periodismo, escribió una nota en The Wall Street Journal en la que manifestó que un artículo suyo que acusaba a Sadam Hussein de estar fabricando una bomba atómica, publicado en primera plana el sábado 7 de septiembre de 2002 en The New York Times, en realidad era falso.

Sin embargo, sirvió de base para detonar la invasión a Irak el 20 de marzo de 2003, que culminó con la muerte del presidente Sadam Hussein, un antiguo aliado de los Estados Unidos.

Inmediatamente después de la publicación, la Consejera de Seguridad Nacional Condoleezza Rice; el secretario de Estado Colin Powell y el secretario de la Defensa Donald Rumsfeld, aparecieron en la televisión y apoyaron la posición y la historia del NYT, seguidos el 24 de septiembre por Tony Blair y el respaldo a éste del presidente George W. Bush.

Sin embargo, el británico doctor David Kelly, jefe de inspectores de armas de la ONU en Irak, desmintió en la BBC de Londres el 29 de mayo de 2003 el informe que sirvió como justificante de la invasión, al revelar que fueron falsos los argumentos de Estados Unidos y Gran Bretaña para declarar la guerra a Sadam.

Unas semanas después, el 17 de julio, el doctor Kelly envió desde su hogar un correo electrónico a Judith Miller, la periodista del NYT, en el que le dejaba constancia de que ’muchos actores oscuros están jugando con las cosas’; salió a caminar por el bosque cercano a su casa. Ya no regresó. Al día siguiente encontraron su cadáver.

The New York Review of Books publicó en 2004 que The New York Times desempeñó un papel clave en la legitimación del conflicto.

Después de que Husein fuera ahorcado el viernes 30 de diciembre de 2006, el periódico español El País publicó: ’No tenía las armas de destrucción masiva que dijo Bush, pero eso a la postre fue lo de menos’, tras calificarlo de ’dictador implacable’.

Otro ejemplo de la antigua alianza de Washington con los medios de comunicación:


Cuando las fuerzas de Fulgencio Batista —que había dejado de ser útil en la preservación de los intereses de Estados Unidos en Cuba— no encontraban por ningún lado de la intrincada Sierra Maestra a los rebeldes liderados por Fidel Castro, éstos aparecieron en febrero de 1957 en la portada de The New York Times en una serie de tres artículos firmados por Herbert L. Matthews, con fotos, creando la leyenda del hombre de la barba y el puro.

Los tres artículos fueron “Cuban rebel is visited in hideout” (Visitamos al rebelde cubano en su guarida); “Rebel strenght gaining en Cuba, but Batista has the upper hand” (Los rebeldes se afianzan, pero Batista tiene el poder); “Old order in Cuba is threatened by forces of an internal revolt” (La revuelta amenaza al régimen cubano).

“Aquí hay un poderoso hombre de 1.80, piel oliva y barba desaliñada”, escribió Matthews. “Tiene fuertes ideas de libertad, democracia y justicia social”.

Al reportaje del Times siguió otro de la poderosa cadena de televisión norteamericana CBS, que tituló “Rebels of the Sierra Maestra” (Los rebeldes de la Sierra Maestra); “The story of Cuba’s jungle fighters”.

Empezaron diciendo: “Esta es la Sierra Maestra. Tres mil kilómetros de selva…”
“Los combatientes de la selva, los rebeldes de la Sierra Maestra. Esta es su historia…”

Y aparece Castro junto a su entrevistador a quien dice: “Voy a contarle lo que pasa: Batista ha elegido no admitir que es incapaz de vencernos. Espera obtener mediante mentiras lo que no puede obtener por la fuerza de las armas. A veces dice que estoy muerto. Otras veces dice que no hay nadie en Sierra Maestra, pero no deja que nadie venga a Sierra Maestra. Y cuando sus soldados mueren en batalla, dice que han muerto en un accidente. Ha habido muchos accidentes en Sierra Maestra durante el mes pasado”.

Fidel hizo su guerra para la audiencia de las televisiones estadounidenses.

EN FEBRERO de 1959, un mes después de entrar triunfante a La Habana, la televisión norteamericana volvió a entrevistar a Fidel Castro, como ya lo había hecho el 15 de enero de 1959. Ese febrero dijo el entrevistador con las cámaras frente a Castro:

―Hace treinta días Fidel Castro entró en La Habana y fue recibido con vítores por la multitud como uno de los grandes héroes de la historia cubana. Fidel Castro, con 32 años, tiene en sus manos un gran poder y una gran responsabilidad. ¿No le asusta un poco?

—Bueno —empezó a decir Fidel, que ya había sido puesto a cuadro antes de que terminara su entrevistador la pregunta—, en realidad no estoy asustado porque tengo confianza en mí mismo, pero estoy algo preocupado, por supuesto…
—No está asustado, pero sí algo preocupado —repitió su entrevistador.
—Sí.

En la transmisión luego aparecieron imágenes tomadas desde un punto elevado, de tal manera que se veían las cabezas de miles de personas acompañando a Castro el día de su llegada victoriosa a la capital cubana.

Enseguida se hace escuchar una voz narrativa mencionando:
“Él lideró una revolución que derrocó al gobierno dictador, y el 6 de enero de 1959, el día de su marcha triunfal por La Habana, encarnó las esperanzas de toda la nación. Fidel llega como una especie de mesías, joven, barbudo, al frente de una tropa guerrillera, y eso desata la imaginación y la fantasía del pueblo cubano”.

EN NUEVA YORK

—Fidel, ¿podría decir unas palabras a la gente de Nueva York?
—Estoy muy contento de estar aquí otra vez, porque he cumplido mi promesa de volver tras la victoria de la Revolución.

Quisieran los medios seguir dictando la agenda del gobierno

Por lo pronto, basten estos dos ejemplos para demostrar cuán fuertes eran los eslabones de las cadenas que unían los intereses de la Casa Blanca con los de los medios de comunicación, mismos que han quedado rotos desde el momento mismo en que Donald Trump les ha cancelado la posibilidad de dictar al menos una parte de la agenda del gobierno de los Estados Unidos.

El mismo día de la toma de posesión de Trump los mismos medios se encargaron de pintar la raya que habían empezado a dibujar durante la campaña. Estos son dos párrafos de la crónica de ese día desde la perspectiva de El País, de España:

“El populismo más agresivo y el nacionalismo más desacomplejado se instalaron este viernes en la Casa Blanca. Donald John Trump (Nueva York, 1946) dio el tono a su presidencia con el mismo discurso apocalíptico y antisistema que en menos de dos años le ha llevado de ser un estrafalario constructor y showman televisivo a convertirse en el 45º presidente de Estados Unidos. En la ceremonia inaugural, momento solemne en el que los nuevos presidentes suelen lanzar un mensaje de unidad, el republicano Trump arremetió contra las élites de Washington, se postuló como representante de los perdedores de la globalización y prometió colocar el eslogan América primero en el centro de sus políticas. Trump es Trump, y no cambiará como presidente.

“En el año antiestablishment, cuando de Londres a París y de Viena a Washington políticos de todo signo sacuden el orden establecido, la irrupción de Trump en el sanctasanctórum del poder mundial es un triunfo rotundo e inesperado para este movimiento. Trump no habló en términos de izquierda y derecha, y eludió las propuestas más ideológicas, como la construcción del muro o la revocación de la reforma sanitaria del presidente Barack Obama. Articuló, con su lenguaje de frases breves y eslóganes memorables, una visión que oponía el pueblo contra las élites, y la nación contra el extranjero”.

En los meses siguientes el choque fue frontal, husmeando los medios las situaciones más frívolas para ridiculizar al presidente con letras grandes y palabras llamativas. Existen ciertas similitudes, por cierto, entre el reciente editorial anónimo que el NYT adjudica a un alto cargo de la administración Trump (“Hay puntos brillantes que la casi incesante cobertura negativa del gobierno no ha captado…”) y el pensamiento expuesto de Mark Thompson, presidente y director ejecutivo de The New York Times ( “…los hechos son ignorados para dar lugar a la narración de nuestros sufrimientos, miedos, rencores…”) en una entrevista de Federico Rampini hecha pública el 16 de junio de 2017 bajo el título “Deseo que los políticos vuelvan a la realidad”, en la Revista “Ñ” de Clarín, Buenos Aires, Argentina.

El pasado 3 de agosto el periódico El País, de Madrid, publicó un editorial sobre los ataques de Trump a la prensa. El siguiente texto corresponde al primer párrafo del mismo:

“El desprestigio sistemático de los medios ha sido siempre una estrategia primordial de Trump. Recientemente volvía a la carga al declararlos ‘enemigo del pueblo’, acusarlos de producir ‘basura’ y ‘noticias falsas’, y reservar para los periodistas el calificativo de ‘los seres más despreciables’. Todo parece indicar que es el sino de los tiempos: los nuevos líderes que desafían el sistema no solo han dejado de utilizar a los medios como canal de transmisión de sus mensajes, sino que además se han convencido de que para ganar elecciones es necesario presentarlos como un contendiente político más. Experiencias como la del Brexit, la propia elección presidencial de Trump o el referéndum por la paz en Colombia, erigieron el año 2016 como el momento de defunción de un sistema de control de la política formal que competía a los medios de comunicación tradicionales. El caso de Trump fue aún más paradigmático, porque toda su estrategia de campaña se basó, precisamente, en un despiadado ataque contra ellos y contra el establishment de su propio partido. A pesar de todo, logró alcanzar la Casa Blanca sin el sostén de ninguno de los dos”.

A mediados de agosto, atendiendo a una convocatoria de The Boston Globe, al menos 300 periódicos estadounidenses se pusieron de acuerdo para seguir defendiéndose de lo que consideran constantes insultos de Trump contra ellos, que es lo mismo, estiman, atentar contra de la libertad de prensa.

CNN cesa a periodista por pensar diferente

Cuando un periodista —cualquier periodista— se contrata con un medio —cualquier medio—, acepta las reglas del juego. Si te saltas esos valores vas para fuera. Si piensas u opinas de una manera que esté reñida con la línea no sirves más. Fue lo que sucedió con Thomas Frank, despedido de CNN el jueves 22 de junio de 2017.

Carmen Aristegui publicó en su portal: “CNN aceptó el lunes la renuncia de Thomas Frank, Eric Lichtblau y Lex Haris, tres periodistas relacionados con la publicación de una investigación sobre una supuesta reunión entre uno de los elementos de la campaña del presidente Trump y el jefe de un fondo de inversión ruso. La historia, publicada el jueves 22 de junio, fue eliminada al siguiente día del portal de CNN y en su lugar apareció una nota del editor que señalaba que la investigación ‘no cumplió con los estándares de CNN’ ”.

Thomas publicó en The Guardian, de Reino Unido, el 30 de julio siguiente que “La guerra de los medios contra Trump está destinada al fracaso”.

Escribió: “Esta es la peor época para los medios de comunicación estadounidenses, pero también la mejor. Tal y como nos recuerda la triste historia del otrora gigante Chicago Tribune, hace años que la industria de la prensa viene muriéndose lentamente. Pero para el puñado de empresas periodísticas bien financiadas que aún sigue en pie, la era Trump ha terminado convirtiéndose en una ‘época dorada’, un período de grandes propósitos y de defensa de la moral.

“Entre los respetables miembros de la prensa en la costa este hay una increíble unanimidad en el desprecio al presidente. Están obsesionados con dejar constancia de su mal gusto, con encontrar errores en sus estúpidos tuits y con terminar con Trump y con sus socios por el escándalo ruso de acá o de más allá. Son más inteligentes que el simplón multimillonario. Las exclusivas que destapan son devastadoras. Las páginas de opinión parecen discursos de recaudación de fondos del Partido Demócrata. El tema de todas las secciones, todo el tiempo, es Trump. Han cargado con todo contra él en tantas ocasiones que ahora el público bosteza cada vez que comienzan los primeros tiros.

“Un artículo del sitio Alternetque leí hace poco estaba hecho sólo con frases maliciosas sobre Trump, algunas con valor literario y de alto vuelo, otras viles y crueles, y todas muy divertidas. La mayoría extraídas de los medios masivos. Mientras escribo este artículo, cuatro de los cinco artículos más leídos en la página web de the Washington Post son sobre Trump. De hecho, si la memoria no me falla, hace al menos un año que Trump encabeza esta particular estadística.

“¿Y por qué no iba a ser así? Está claro que Trump se lo merece. Es a todas luces incompetente y carece de los saberes básicos sobre el funcionamiento del Gobierno. Sus opiniones son repugnantes. Sus asesores, unos idiotas. Parece coquetear con fuerzas muy peligrosas. Y gracias a la caída del Partido Demócrata, no hay un control institucional fuerte para limitar el poder del presidente. La prensa tiene que dar un paso al frente.

“Pero hay algo equivocado en todo este razonamiento.

“Activadas por los medios de comunicación, las alarmas acerca de Trump llevan sonando estridentemente desde hace más de un año. Fue en enero de 2016 cuando el periódico en Internet The Huffington Post empezó a incluir en cada uno de sus artículos sobre Trump la acusación de que el multimillonario era "un mentiroso compulsivo, un xenófobo recalcitrante, un racista, un birther (un movimiento que sostenía que Obama no había nacido en EEUU) y un bravucón". Fue en agosto de 2016 cuando el periódico the New York Times publicó un ensayo en el que daba por buena la percepción generalizada de los periodistas que veían a Trump como una mutación política (una desviación inaceptable del bipartidismo) que debía ser expurgada de las principales corrientes políticas.

“No ha funcionado. Cuando lo castigan y denuncian, cuando cacarean y lo ridiculizan, Trump parece disfrutar. Como un reflejo, el presidente devuelve contra la propia prensa esa increíble efusión de desaprobación. Volvió a cobrar importancia aquella vieja crítica contra los medios por su ‘sesgo progresista’, una creencia antigua que formaba parte de las paranoias republicanas en los días de Richard Nixon (el héroe de Trump). Trump y compañía usan ahora esa teoría para explicarlo todo. Los medios avanzan hacia su era dorada mientras su reputación cae cada vez más bajo.

“¿Cómo se explica esta paradoja tan evidente? Sí, es cierto que ahora mismo Trump no tiene buena imagen, pero sigue siendo más popular de lo que debería (entre otras cosas increíbles, se dice que tiene hoy mejor imagen que Hillary Clinton). ¿Cómo puede ser que nuestros líderes de opinión crean algo con tanta unanimidad, tan categóricamente y, sin embargo, tengan tan poco éxito a la hora de persuadir a sus antiguos seguidores de opinión?

“Parte de la explicación es la situación estructural de los medios de comunicación. A medida que mueren los periódicos, su lugar en la conciencia estadounidense es reemplazado por redes sociales formales e informales. Gracias a Facebook y a Twitter, hoy solo leemos aquellas cosas que confirman lo que ya pensamos. Tal vez hubo una época en la que el periódico The Washington Post podía derrocar a un presidente sin ayuda de nadie, pero esos días quedaron atrás.

“Pero hay una segunda razón aún más fundamental. Lo cierto es que el unánime sentimiento en contra de Trump de los respetables miembros de la prensa es solo una muestra más de una homogeneidad mayor. Resulta que la prensa que aún sobrevive en Estados Unidos ve con unanimidad todo tipo de cosas. Sus opiniones sobre el comercio, por ejemplo. O sobre lo que ellos llaman ‘populismo’. O sobre lo que ellos llaman ‘bipartidismo’. O sobre todo lo que tenga que ver con el deterioro del sector industrial (triste, pero inevitable) y con el auge de las profesiones ‘creativas de oficina (las más inteligentes, tan loables).

“Esa es una de las claves detrás de todos los gigantescos errores del periodismo en las últimas décadas: la burbuja de las puntocom, enérgicamente celebrada por la prensa económica; la guerra de Irak, en la que fueron cómplices los gurús más importantes del periodismo; la ausencia total de visión para percibir la epidemia de falta de ética que permitió la crisis financiera de 2008; y el ascenso de Donald Trump, que (a pesar de la morbosa fascinación que sienten por él los medios) tomó por sorpresa a casi todos.

“Todo lo que hacen los periodistas, lo hacen con mentalidad de rebaño, incluso cuando se trata de tirarse de cabeza por un acantilado. Todavía no pueden reprimir su admiración por los banqueros. Hace solo una semana, por ejemplo, en las páginas de negocios de The New York Times se maravillaban de que a un alto cargo de Goldman Sachs ("posiblemente, el banco de inversiones más poderoso del mundo") le gustase trabajar como DJ en su tiempo libre”.

Ver más


Escríbe al autor

Escribe un comentario directo al autor