LETRAS LIBRES, ALMA FEROZ
Emireth Bollás Mendoza
La responsabilidad está en los detalles. En ese momento en que lo insignificante tiene consecuencias. ¿Cuántas veces hemos pensado ’eso no me va a pasar’?
No son las grandes acciones las que cambian destinos. Las redes sociales se han llenado de historias donde automovilistas, motociclistas y transporte público se ven involucrados en situaciones riesgosas: pleitos completamente innecesarios y accidentes en los que la vida está en juego.
Es en esto último donde hoy vale la pena detenernos.
Siempre decimos que estamos conscientes de que la vida puede cambiar en un instante, que todo puede transformarse de un momento a otro; pero cuando estamos al volante o frente al acelerador, ¿realmente lo tenemos presente?
La costumbre nos hace quitarle peso a aquello que realmente nos arriesga. Hay acciones que repetimos tan constantemente que se vuelven parte de nuestra rutina, hasta el punto en que dejan de parecernos importantes.
Llevamos el acelerador más allá de lo permitido, asumimos que podemos incorporarnos en calles, avenidas y autopistas sin mirar lo suficiente; confiamos en que alguien más cederá el paso, en que podremos frenar a tiempo. Como si siempre tuviéramos la capacidad de reaccionar en las mejores condiciones.
Somos egoístas con las personas e inconscientes con todo el entorno.
Manejamos como si siempre hubiera margen. Con una confianza que nace del hábito y se sostiene en el ego. Perdemos de vista los riesgos —los propios y los ajenos— hasta que se vuelven invisibles. Y cuando dejamos de verlos, dejamos de prevenirlos.
Conducir un vehículo no es solo trasladarse de un lugar a otro de manera más rápida, segura o cómoda. Es asumir una responsabilidad enorme: la vida propia y la ajena. Es entender que cada decisión impacta en la de otras personas.
Se trata de conciencia. De reconocer que cada acción, cada riesgo innecesario, cada prisa que llevamos tiene un impacto que va más allá de quien está manejando.
Lo importante no es creer que nada va a pasar, sino actuar para que nada tenga que pasar. Reducir la velocidad en un mundo acelerado, respetar los espacios y las distancias, mirar con atención, cuidarnos en comunidad.
Porque al final, no es el destino lo que está en juego, sino la forma en la que decidimos llegar…