Opinión
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Sábado, 22 de Agosto de 2015 09:16 hrs.
Estado / México / Guerrero
Mientras los líderes del extinto Grupo Guerrero persisten en deschongarse para sacar mejor tajada en la repartición del otrora poderoso grupo, se cumplieron seis años del asesinato de Armando Chavarría Barrera, sin que nadie haya pagado por ello, y sin que esta corriente saliera a recordarlo, como otras ocasiones lo han hecho. Es decir, parece que a quienes heredaron su poder se les ha olvidado.
Una vez más la esposa del político asesinado, Martha Obeso, ha exigido el esclarecimiento del crimen, teniendo como principal sospecho al exgobernador Zeferino Torreblanca, quien ha sido llamado a declarar en torno al caso, pero sin consecuencias para el mismo.
La hipótesis que se ha manejado es que Armando Chavarría era un obstáculo para Zeferino Torreblanca en la ruta de la selección del candidato a gobernador. Sin embargo, Zeferino Torreblanca nunca tuvo un aspirante de real peso para disputar la gubernatura. Cuando quiso reaccionar y conformar su grupo al interior del PRD, éste nació tan débil que pronto se esfumó.
A fuerza de ser honestos, habría que aclarar que tampoco Armando tenía esa virtud como para atraer en torno a su figura, a la mayoría de los grupos perredistas para que lo ungieran candidato y consiguiera la gubernatura. Esos eran buenos deseos de sus amigos, no muy compatible con la realidad.
Es cierto que Zeferino era mejor administrador que político, por eso es que no le importó perder el arraigo social que poseía, y salió odiado por el PRD y repudiado por cierto porcentaje de la ciudadanía. Se sabe que su relación con el ex coordinador del Congreso, Armando Chavarría, no era de amistad y se acercaba más a la rivalidad política y personal. Sus diferencias eran tales que nunca pudieron sobreponerlas, y cuando tuvieron que aparecer juntos en eventos oficiales les era difícil simular cordialidad.
Haya sido Zeferino el autor intelectual de la muerte de Armando Chavarría, quizá nunca se sepa, pero esta acción también precipitó al exgobernador a la muerte política. Su triste intento de querer ser alcalde de Acapulco, demostró que como político partidista está acabado.
Habrá que reconocer la valentía de Martha Obeso para insistir en el esclarecimiento del crimen del destacado político. De la misma manera habrá que valorar el papel que desempeña el presidente de la Comisión de Derechos Humanos, Ramón Magdaleno Navarrete, en su exigencia de que esta muerte sea aclarada, así como la de otras figuras políticas y de luchadores sociales.
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